No quería pensar en el día siguiente. La Noche Buena se le antojaba ida, cuando siempre procuraba llegar, acceder a…
Se habían quedado huellas de tinta con dedos ya limpios y sólo con esas tendría que identificarse.
Pero llegaron ellos corriendo, un impulso de viento nuevo, infantil, algo con lo que no contaba y había que empezar a escribir otra vez. Salieron de la nada y se quedaron a su lado aprendiendo canciones, creando ingenios de papel y abrazos de porcelana.
Era 23 todavía y los brillos ya iban dejando mínimas estrellas en la noche cerca de los muebles, de las paredes y las puertas.
Él seguiría siendo el fantasma de un cuerpo que fue, que saboreó y palpó. Un espectro que ahora era duende, la quimera de ayer que se rompió espantando a la suma de momentos.
Pero en definitiva todo apuntaba a que el 24 sería realidad. Estrenaría una canción más y se fundiría en las almas de siempre.